El amor sólo existe sin un objeto.
El amor es el amor de lo sin-objeto
por lo sin-objeto.
Un objeto pone vestidos al amor,
y lo viste con velos.
Lo que amamos en una persona
no es ni el cuerpo físico ni los pensamientos.
Es la presencia consciente
lo que tenemos en común con él o ella,
el ser, lo sin-objeto.
El resto puede ejercer un poder temporal de atracción,
pero sólo el verdadero yo
que permanece en el trasfondo
puede darnos lo que buscamos.
No amamos a los demás,
amamos el amor en los demás.
Esto no significa que tenemos que alejarnos de los demás
para dirigirnos a Dios, lo sin-objeto,
sino que vemos a los demás
como una expresión de amor.
Las relaciones con nuestra pareja, hijo o hija,
un extraño, un extranjero
cobran entonces otra dimensión.
La vida cotidiana se convierte
en un campo de experiencia
que es siempre nuevo.
Si nos acercamos a los demás
como consciencia divina potencial,
obligamos a Dios a que se quite la máscara,
lo que hace como un milagro;
y el milagro es la sonrisa de Dios.
FRANCIS LUCILLE
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