Nuestras obras de caridad no son otra cosa que el amor de Dios
que se derrama desde el interior.
La caridad es como una llama viva:
Cuanto menos combustible hay, más viva es la llama.
De igual manera, cuando tenemos el corazón
desprendido de toda causa terrena
nos entregamos al servicio desinteresado.
El amor de Dios debe inducirnos a ser del todo serviciales.
Cuanto más desagradable es el trabajo, mayor debe ser el amor,
ya que supone socorrer al Señor disfrazado con los harapos de los pobres.
que se derrama desde el interior.
La caridad es como una llama viva:
Cuanto menos combustible hay, más viva es la llama.
De igual manera, cuando tenemos el corazón
desprendido de toda causa terrena
nos entregamos al servicio desinteresado.
El amor de Dios debe inducirnos a ser del todo serviciales.
Cuanto más desagradable es el trabajo, mayor debe ser el amor,
ya que supone socorrer al Señor disfrazado con los harapos de los pobres.
Para que sea fructífera, la caridad debe costarnos un esfuerzo.
En realidad oímos hablar mucho de caridad
pero nunca la consideramos en toda su importancia:
Dios dio al mandamiento de amar a nuestro prójimo
la misma importancia que al primero.
Para ser capaces de amar necesitamos tener fe,
porque la fe es el amor puesto en las obras; y por lo tanto, servicio.
Para ser capaces de amar hemos de ver y tocar.
La fe puesta en obras mediante la oración,
la fe puesta en obras mediante el servicio;
ambas cosas son lo mismo, el mismo amor, la misma compasión.
...
Han transcurrido algunos años, pero jamás olvidaré
a una chica francesa que vino a Calcuta.
Estaba muy angustiada.
Se puso a trabajar en nuestra casa para indigentes moribundos.
Al cabo de diez días vino a verme. Me abrazó y me dijo:
¡He encontrado a Jesús!
Le pregunté dónde lo había encontrado.
En la casa para indigentes moribundos.
¿Y qué hiciste después de encontrarlo?
Fui a confesarme y tomé la sagrada comunión
por primera vez después de quince años.
¿Y qué más hiciste?
Envié un telegrama a mis padres diciéndoles
que había encontrado a Jesús.
que había encontrado a Jesús.
Yo la miré a los ojos y le dije:
Bueno, ahora haz tus maletas y vuelve a tu casa.
Ve y dales a tus padres alegría, amor y paz.
Ve y dales a tus padres alegría, amor y paz.
Volvió a casa radiante de alegría porque su corazón estaba lleno de dicha.
¡Y qué alegría llevó a su familia!
¿Por qué?
Pues porque había perdido la inocencia de su juventud
y la había vuelto a recuperar.
Pues porque había perdido la inocencia de su juventud
y la había vuelto a recuperar.
A Dios le gusta el dador alegre.
La mejor manera de expresar la gratitud a Dios
y a las personas es aceptarlo todo con alegría.
Un corazón dichoso es la consecuencia normal
del corazón ardiente de amor.
La alegría es fuerza.
Los pobres se sienten atraídos hacia Jesús porque en Él reside
y de Él emana un poder superior, de sus ojos, de sus manos,
de su cuerpo, un poder totalmente entregado a Dios y a los hombres.
No permitamos que nada nos perturbe,
nos aflija o nos desaliente tanto como para que nos haga olvidar
la alegría de la resurrección.
En el servicio a Dios y a las almas
la alegría no es solamente cuestión de temperamento; es siempre difícil.
Con más razón aún debemos tratar de adquirirla
y de hacerla crecer en nuestros corazones.
Quizá no podamos dar mucho, pero siempre podemos dar alegría
que brota de un corazón enamorado de Dios.
En todo el mundo la gente está hambrienta y sedienta del amor de Dios.
Satisfacemos esa hambre derramando alegría.
La alegría es una de las mejores protecciones contra la tentación.
Jesús puede tomar posesión total de nuestra alma
sólo si se la entregamos alegremente.
Una vez alguien me preguntó:
¿Está cansada?
Sí, y a veces me resulta muy difícil sonreírle a Jesús
porque sabe ser muy exigente.
porque sabe ser muy exigente.
Dios está dentro de mí con una presencia más íntima
que aquella por la cual estoy en mí misma:
“En Él vivimos y nos movemos y existimos” (Hechos 17:28).
Es Él quien le da la vida a todo, quien da poder y ser a todo lo que existe.
Sin su presencia sustentadora todas las cosas dejarían de existir
y volverían a la nada.
Pensemos que estamos en Dios,
rodeados y abrazados por Él, nadando en Él.
El amor de Dios es infinito.
Con Dios nada es imposible.
*
Al final de nuestra vida seremos juzgados por el amor.
San Juan De La Cruz
Porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su hijo unigénito,
para que todo el que crea en Él no perezca,
sino que tenga la vida eterna.
Jesús (Juan 3:16)
Extracto del Libro: EL AMOR MAS GRANDE
Madre Teresa de Calcuta



